viernes, 27 de diciembre de 2013

El amor, incansable.

Llamo a mi puerta el amor, 
como siempre fingí no estar en casa
porque mi madre siempre decía 
que no le abriese la puerta a desconocidos.

A los 10 minutos de esperar,
cansado,
pareció resignarse a mi decisión.
Pero no. No se marcho. 
Se quedo esperando a que yo abriese 
la puerta que no quería abrir. 
Que iluso.

Tras horas de espera. Seguía ahí, 
acechante, incansable.
El miedo se apoderó de mi,
como sí pudiese volcar esa puerta.
Como si su ímpetu y su fuerza,
fueran mayores que mi indiferencia y mi paciencia.

Confieso que me rendí, abrí la puerta y le deje pasar. 
Quería saber a que había venido, 
el por qué de tanta insistencia.
No hablo, se quedo callado. 
Pero me tendió la mano.
Me callo con un beso, 
me levanto de un suspiro,
me tumbo con una sola mano.
Que bien hice en abrir esa puerta.
Porque quien no arriesga, 
quien no deja paso al amor, 
encerrado se queda
-sin pasión-. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario