Crónico lo
han llamado,
como si
fuese una enfermedad incurable
en un
corazón que ya está roto.
El arraigo
de una verdad cruel
y el te echo
de menos
que quieren
gritar unas manos.
El último
beso fue quizá la despedida más amarga que podían regalarme tus dulces labios.
El final del baile, el movimiento de tus caderas, tus manos deslizándose
sutilmente por tu figura desnuda en la penumbra que se colaba por aquella
ventana que no terminaba de cerrarse bien.
Nunca me han
gustado las despedidas, ni decir adiós. Tampoco suelo sonreír a desconocidos,
empezar una conversación o decir lo que siento.
Y así, fue
como empezó una historia más de tu cuento, cuyos protagonistas eran caperucitas
promiscuas, lobos travestis, cazadores de sueños, abuelas sexys y finales donde
se comía de todo menos perdices.
La tradición
se ha perdido tanto como lo está la juventud. Las buenas costumbres, la
aventura de las piernas, de conocerse poco a poco, sin prisas, la locura
adolescente de un primer beso, la risa inevitable de después, el perecedero
recuerdo que prevalece y la melancolía de no poder repetir ese momento remoto.
Pero la crónica iba llegando a su final y la leyenda de la chica indestructible se rompió en tantos pedazos como ya lo estaba su corazón. Le confió su corazón al cazador equivocado, se equivocó de Ferrari y se pinchó con la aguja equivocada.
Pero la crónica iba llegando a su final y la leyenda de la chica indestructible se rompió en tantos pedazos como ya lo estaba su corazón. Le confió su corazón al cazador equivocado, se equivocó de Ferrari y se pinchó con la aguja equivocada.
